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Ardio el Capitolio. La violencia desatada es fruto del complot sedicioso de Trump

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Con 4 muertos y más de 50 detenidos, la locura política de Donald Trump jugó su última carta para perpetuarse en el poder

(Jim Urquhart/Reuters)

Las turbas que apoyan al presidente Trump irrumpieron en el Capitolio de Estados Unidos y utilizaron la violencia para subvertir el proceso legal mediante el cual se elege a los presidentes.

(Leah Millis/Reuters)

Fue un intento de golpe de Estado. Es culpa de Trump y sus facilitadores republicanos.El golpe de Estado en el Capitolio fue incitado por un presidente sin ley que intenta desesperadamente aferrarse al poder y alentado por sus cínicos facilitadores republicanos en el Congreso.

Un repaso de las grabaciones: las palabras de Trump revelan nuevamente su corrupción. Tres conversaciones grabadas definirán el mandato repudiable del presidente Trump.

Al igual que las cintas del expresidente Richard Nixon previamente, las grabaciones confirman —solo que con mayor contundencia— que Lord Acton tenía razón al advertir que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe de manera absoluta”.

Primero estuvo la grabación de “Access Hollywood”, que casi descarrila la campaña de Trump cuando fue revelada por The Washington Post el 8 de octubre de 2016. En ella, se podía escuchar a Trump alardeando de que su condición de celebridad le permitía agredir sexualmente a mujeres con impunidad: “Cuando eres una estrella, te dejan hacerlo”.

Luego vino la transcripción, revelada por un denunciante y publicada por la Casa Blanca el 25 de septiembre de 2019, que condujo al juicio político de Trump. Registró a Trump acosando al presidente ucraniano Volodímir Zelenski para que fabricara información dañina sobre el potencial oponente de Trump, Joe Biden, a cambio de ayuda militar estadounidense. “Me gustaría que nos hicieras un favor”, dijo Trump en ese tono matón que tiene, como si fuera un jefe mafioso exigiéndole dinero de protección a un aterrorizado dueño de una tienda.AD

Y ahora, el domingo 3 de enero, el Post reveló la tercera de las conversaciones de Trump, que es incluso peor que las dos primeras. En esta oportunidad Trump ha sido pillado intentando robarse las elecciones presidenciales al tratar de persuadir al secretario de estado de Georgia, Brad Raffensperger, para que le entregue un estado que perdió. “Solo quiero encontrar 11,780 votos”, implora Trump, mientras propaga locas teorías de conspiración sobre las elecciones y hace vagas amenazas de acciones legales si Raffensperger no hace lo que le está pidiendo. Trump suena tanto enloquecido por el poder como sencillamente loco.

Es difícil imaginar una amenaza mayor —o más predecible— a nuestro orden constitucional. Desde el principio, los críticos de Trump han estado advirtiendo que no es una persona confiable para ostentar el increíble poder de la presidencia porque abusaría de él para su propio beneficio personal. ¿Cuándo admitirán los siempre trumpistas que los nunca trumpistas tenían razón? Lo único que no anticipamos —y todavía no entendemos del todo— fue la magnitud de sus transgresiones.

Es probable que las grabaciones de Trump reveladas hasta el momento sean solo la punta de un iceberg muy grande. Trump insistió en que su extorsiva llamada con Zelenski había sido “perfecta”. ¿Cuántas otras llamadas “perfectas” habrá hecho Trump en los últimos cuatro años? En particular, ¿a cuántos otros funcionarios estatales habrá llamado durante los últimos dos meses para exigirles que cometan fraude en su nombre?

El gobierno de Biden deberá llevar a cabo un acto urgente de saneamiento político. El nuevo presidente debe nombrar a un consultor o comisión especial (posiblemente ambos) para descubrir la infinidad de delitos que el gobierno de Trump ha cometido, recomendar reformas y llevar a los perpetradores ante la justicia, o al menos someterlos a la deshonra pública que merecen.

Seamos claros: lo que sucedió el miércoles 6 por la tarde en el Capitolio de Estados Unidos fue un intento de golpe de Estado, incitado por un presidente sin ley que intenta desesperadamente aferrarse al poder y alentado por sus cínicos facilitadores republicanos en el Congreso.

Quizás era inevitable que el mandato caótico e incompetente del presidente Donald Trump terminara entre disturbios y gases lacrimógenos. Desde que el general británico Robert Ross le prendió fuego a la residencia del presidente y al edificio del Capitolio, en 1814, no habíamos visto una escena así en la ciudadela sagrada de nuestra democracia: una multitud enojada y desilusionada, llevada al frenesí por el propio Trump, que forzó su entrada hacia el Capitolio para interrumpir la certificación oficial de la derrota electoral de Trump.

Las imágenes de este día vergonzoso perdurarán para siempre: multitudes asaltando las barricadas de seguridad, rompiendo ventanas para irrumpir en la sede del poder estadounidense y policías del Capitolio abrumadoramente superados en número y tomados desprevenidos. Policías dentro de la Cámara de Representantes apuntando sus armas a las puertas principales mientras los manifestantes amenazaban con entrar por la fuerza. Un alborotador cubierto con un pañuelo, sentado con aire de suficiencia en la silla donde, una hora antes, el vicepresidente Mike Pence había presidido el Senado.

La transferencia pacífica y ordenada del poder, el acto central de nuestra democracia, no pudo realizarse. Hay que culpar a los alborotadores, quienes deben asumir la responsabilidad de sus propias acciones. Pero, sobre todo, hay que culpar a Trump. También a los miembros republicanos del Congreso, quienes buscaron impulsar sus propias carreras políticas validando las fantasías paranoicas y egoístas de Trump.

Me refiero a usted, Josh Hawley, senador por Missouri. Y usted, Ted Cruz, senador por Texas. Y usted, Steve Scalise, representante por Louisiana. Y a todos los demás que pensaron que la manera de tener éxito en el Partido Republicano era fingir creer las mentiras de Trump en lugar de decirle a la nación la verdad.

Trump les dijo a sus legiones que no perdió las elecciones, que de hecho no podría haber perdido, y que se las arreglaría para seguir siendo su presidente durante un segundo mandato. Primero, serían los recuentos lo que lo salvarían, hasta que todos confirmaron la victoria de Joe Biden. Luego, las certificaciones de los votos totales, pero todos los estados certificaron sus resultados. Después los tribunales acudirían al rescate, pero los tribunales de todos los niveles, incluida la Corte Suprema, desecharon sus demandas frívolas como si fueran papel de desecho. Finalmente, el 6 de enero, el Congreso —o quizá Pence, actuando solo— seguramente descartaría los votos electorales de los estados que Trump afirmó falsamente haber “ganado”, dándole así la gloriosa victoria que se merecía. Instó a sus seguidores a acudir a Washington para “detener el robo”: evitar que el Congreso cumpliera con su deber constitucional de contar los votos electorales. Y Hawley, Cruz, Scalise y muchos otros republicanos en el Congreso estuvieron de acuerdo con este ridículo cuento de hadas para no enojar al presidente o sus seguidores.

Pero llegó el 6 de enero. Pence emitió un comunicado temprano dejando en claro que obedecería la Constitución, no los deseos autocráticos de Trump. Y los miles de partidarios de Trump que se habían reunido para escucharlo dar una perorata larga y enojada, y que obedecieron su orden de marchar hacia el Capitolio, se convirtieron en un misil guiado dirigido al corazón de la democracia estadounidense.

Eran como un culto apocalíptico a la espera de un asteroide que, cuando llega el día señalado, no golpea. Trump los había convencido de que no podía perder, pero dentro del Capitolio estaba perdiendo. Decidieron impedir la transferencia de poder por la fuerza. Hubo disparos y una persona resultó muerta. Se lanzó gas lacrimógeno. Las escenas eran como las que vi en lugares como Paraguay y Perú como corresponsal, y nada como lo que hemos visto en Estados Unidos.

Biden pronunció un discurso televisado pidiendo el fin de la “insurrección” y la restauración de “la decencia, el honor, el respeto y el estado de Derecho”.

Trump posteó en redes una declaración en video inconexa, en la que instaba a los alborotadores a “irse a casa”, pero repitiendo sus afirmaciones de que la elección fue “robada”.

Es posible ver días mejores en el futuro. Biden es un buen hombre y un servidor público de toda la vida. Los votantes de Georgia le han dado al Partido Republicano el castigo que se merece al poner a los demócratas en control de la Casa Blanca y de ambas cámaras del Congreso. Faltan solo dos semanas para el día de la inauguración.

Pero, de alguna manera, nuestra nación dañada tiene que sobrevivir las próximas dos semanas. La Policía y la Guardia Nacional son más que capaces de restablecer el orden en las calles.

Sin embargo, las heridas que Trump ha infligido a la nación son profundas. Pagaremos por el error de elegir como presidente a este hombre amargado y retorcido durante mucho, mucho tiempo.

(Jim Urquhart/Reuters)(Eugene Robinson/Max Boot/WP)