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EL MONUMENTO a Myriam Stefford, tumba, tesoro y misterio en el camino a Alta Gracia…

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Raúl Barón Biza había nacido rico y, quizás por eso, en Francia derrochaba sus millones cenando en los mejores restaurantes.
Y, en tiempos en que la manteca era carísima, se entretenía durante esas comidas arrojando, con una cuchara, grandes dados de este producto lácteo al cielorraso .
Y apostando, con sus amigos, cuánto tardaría el codiciado alimento en despegarse y caer al piso.

Sin querer, estaba creando una leyenda que caracterizaría a los argentinos ricos de los años ´20

La de aquellos que «tiraban manteca al techo».

Cuando este millonario que hiciera saltar la banca del casino de Montecarlo, en Mónaco, dos veces, dejó su vida de playboy en Europa y se casó con la suiza Rosa Rossi, más conocida como Miryam Stefford, ella era actriz.

De pasear con su leopardo domesticado por las avenidas de Berlín, pasó a vivir en París y luego en Buenos Aires.

Cuando ella tomó el gusto por la aviación, Barón Biza le consiguió como maestro a Ludwig Fuchs, un héroe de guerra alemán, de quien se decía que ella se había enamorado.

Cuando, en 1931, esta pareja de aviadores intentó batir un récord aeronáutico recorriendo las provincias de todo el país, el avión apareció estrellado e incendiado en Marayes, Departamento Caucete, una zona desértica de San Juan.

Angustiado, el multimillonario hizo traer cien albañiles polacos para construir, durante un año, este mausoleo más alto que el Obelisco porteño, en cuya base enterró a su mujer y, según dicen, sus valiosísimas joyas, un tesoro que estaría protegido por toneladas del más sólido de los cementos, además de un complejo dispositivo de explosivos que estallarían ante el acceso de cualquier intruso.

En la entrada, por si esto fuera poco, una inscripción advierte: » Maldito sea todo aquel que se atreva a profanar esta tumba» .

Durante años, esta construcción, imitando el ala de un avión, que queda muy cerca de Alta Gracia, en la ruta 5 a Córdoba Capital, tuvo un fiel custodio: era un anciano rengo, con una gorra de estilo militar, llamado Don Ramón, que proveía al visitante de un farol a kerosén para que subiera los tenebrosos 444 escalones hasta su alto mirador.

Barón Biza, con el tiempo, se casó con Clotilde Sabattini, hija del Gobernador de Córdoba.

Al divorciarse de esta, durante un trámite en el que acordarían los términos del divorcio, en su departamento de calle Esmeralda 1256, octavo piso, en Buenos Aires, sorpresivamente, él le arrojó el contenido de un vaso que aparentemente tenía whisky, al rostro de la bella mujer.

Ella alcanzó a cubrirse los ojos, salvando así su vista, ya que lo que creían era esa bebida alcohólica, era en verdad, ácido, con el que él había llenado con antelación el vaso.

Los finos rasgos de Clotilde Sabattini se deformaron y desdibujaron como la cera de una vela al acercarla al fuego, en solo unos pocos segundos.

Mientras ella era llevada al Sanatorio Otamendi, él huyó, corriendo, del lugar.

Lo buscó la policía por toda la ciudad. Y más tarde, por sus campos. Buscaron por todos lados.

Menos en ese mismo departamento.

Fue ahí, en donde, horas después, Barón Biza tomó estricnina. A continuación, para asegurar su muerte, se puso un revólver calibre 38 en su sien y se suicidó.

Con el tiempo, ella se operaría una y otra vez, pero no habría cirugía plástica, ni siquiera con los mejores médicos de Europa, que le mejorara demasiado ese daño en su rostro y en sus manos.

Años más tarde, se suicidó Clotilde arrojándose desde la ventana de ese mismo departamento .

Y luego, también su hija, tomando barbitúricos y su hijo Jorge, un buen escritor, arrojándose desde el piso número 13 de un edificio en barrio Nueva Córdoba.

Cuentan los vecinos de la zona que, muchas veces, a los conductores que transitan la zona, justo antes de que amanezca, suelen aparecérseles, al borde de la ruta o en ella, una mujer vestida siempre de tapado blanco y un hombre de impermeable negro y sombrero.

Y que siempre se comunica este hecho a quienes atienden el puesto de peaje a tres kilómetros del lugar.

El accidente del avión está, actualmente, bajo peritaje de la Fiscalía desde marzo de 2015, debido a que una historiadora sagaz descubrió, en fotos del diario de esa época, detalles extraños en los dos cadáveres: aparentes heridas de bala en sus rostros y el hecho de que los cabellos y piel de Myriam Stefford y de su acompañante estaban intactas después del incendio del avión.

Otro detalle fue que la pareja de aviadores volaban siempre, como se estilaba en la época, con uniformes de pilotos. Y en el lugar del accidente estaban con ropa de civil, entre muchos detalles inquietantes más.

Es que la verdad sobre el final de la aviadora enterrada en este mausoleo increíble sigue sin saberse.

Y por eso, misterio sobre misterio, el enigma de Myriam Stefford aún continúa