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La política exterior del gobierno de Alberto Fernández explicada

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POR RAFAEL RODRIGUEZ IRAZUSTA
Licenciado en Relaciones Internacionales. Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. (UNCPBA). N: F.H. 3088/13-T

Pasados 120 días de gobierno, presentada la propuesta de re-estructuración de la deuda y con un resultado temporario positivo de las políticas definidas por la pandemia, es momento propicio para realizar un balance de la política exterior de la administración de Alberto Fernández.

            No por casualidad mencionamos los dos fenómenos de mayor trascendencia que se han impuesto en la agenda del gobierno, y frente a los cuales se debió diagramar una hoja de ruta que poco puede expresar acerca de una estrategia definida a priori para la política exterior. Pero la realidad suele imponer condiciones, y para ambos sucesos (si bien con tiempos de asimilación y elaboración política distintos) el gobierno elaboró respuestas y propuestas urgentes que, sin dar cuenta de una orientación diplomática en el sentido estricto, dejan entrever sus prioridades y formas. No obstante, también podemos percibir algunas acciones y definiciones apartadas de esta agenda, que pueden darnos indicios de cuáles serían las aspiraciones y objetivos una vez recuperada cierta normalidad.

            Más allá de estos aspectos puntuales, podemos expresar al menos dos definiciones generales a las que adscribimos y que parecen no verse desmentidas por los acontecimientos.

La primera es que la política exterior no es una esfera aislada de la política interna, sino que guarda una relación orgánica con la misma.

Las alianzas que conforma un bloque de poder, los intereses que se ven plasmados en ellas, el nivel de acuerdo y consistencia logrado por las fuerzas que las componen, tanto como los objetivos y el nivel de planificación y ejecución que se expresen en la arena nacional, son algunas de las determinaciones que, directa o indirectamente, inciden y conforman los trazos gruesos de las posiciones y acciones en la esfera externa.

La segunda es que, justamente por lo expresado anteriormente, el normal desenvolvimiento de la política exterior argentina ha sido caracterizado por la discontinuidad.

más allá que se hayan mantenido (sobre todo desde 1983 en adelante) algunas definiciones históricas y fundacionales. Y así será en tanto persista la disputa hegemónica que se expresa en la formación social de nuestro país, entre un proyecto neo-liberal/conservador y uno neo-keynesiano/progresista. 

            La re-estructuración de la deuda como eje de la PEA

            Sin lugar a dudas, el asunto de máxima preocupación y ocupación de la nueva política exterior argentina ha sido y es la re-estructuración de la deuda externa. No ahondaremos aquí acerca de la dimensión catastrófica que significó el proceso de endeudamiento de la administración Macri, en relación a su monto, al corto plazo de sus vencimientos, a la jurisdicción legal extranjera bajo la que fue acordado mayormente, y al hecho de que fuese asumido en un porcentaje mayoritario en moneda extranjera. Pero esta enumeración basta para comprender porque se tornó el eje de la estrategia de gobierno del Frente de Todos, que más allá de las tareas puntuales de reuniones técnicas y elaboración de propuestas delegadas al Ministerio de Economía, se expresó desde la propia figura del presidente con las tareas primordiales de la Política Exterior.

            Esto tuvo un correlato obvio en el plano de la política doméstica, en la que salvo por las acciones de emergencia del Ministerio de Desarrollo Social, y hasta la declaración de la pandemia, toda proyección mayor del accionar del Estado giró en torno de la resolución de ese punto central, tanto respecto de la definición de un acuerdo con el FMI como con los bonistas privados.

            La estrategia desarrollada puede sintetizarse en la siguiente máxima: conformar un bloque de alianzas temporales, compromisos y respaldos, para afrontar el momento más crudo de la negociación con una posición fortalecida y consolidada. En ese encuadre entran la gira que Alberto Fernández realizó por Europa y el viaje a Israel en ocasión de los actos conmemorativos del holocausto. En la primera, el presidente se reunió con el Papa Francisco, con las figuras políticas más importantes del viejo continente, Ángela Merkel y Emmanuel Macron, y con los líderes de los países que mayor relación cultural y económica tienen con Argentina, el español Pedro Sanchez y el italiano Giuseppe Conte. Está claro que el peso específico de los encuentros con los primeros no tiene parangón, aspecto que se vio reflejado en las declaraciones del propio presidente francés, quien afirmó en pleno encuentro que acompañaría y se movilizaría con el FMI para ayudar a la Argentina, y de Merkel quien, aunque menos taxativa, también ratificó que era uno de los temas sobre los que conversarían en su encuentro.

            Por su parte, si bien la reunión con el Sumo Pontífice no puede equipararse en términos de la capacidad de tracción real dentro del organismo crediticio, debe reconocerse que la incidencia de sus posicionamientos y declaraciones tienen una resonancia y un impacto global como pocas otras en el mundo. En este sentido, la cosecha de Fernández no se limitó al compromiso que Francisco le manifestó en Roma respecto de su actuación en torno de la deuda. Incluyó una instigación directa del propio Papa a la flamante titular del FMI, la búlgara Kristalina Georgieva, en ocasión de un seminario realizado los primeros días de febrero, manifestándole su interés por que existan “modalidades de reducción, dilación o extinción de la deuda”.

            Anterior en términos cronológicos, pero quizás no en el plano de la estrategia, estuvo el viaje de Alberto y una comitiva de representantes a Israel, en ocasión del 75 aniversario de la liberación de Auschwitz. De hecho se trató del viaje inaugural para la diplomacia argentina, y si bien este hecho suele tener una resonancia simbólica muy importante, como indicador de algunas de las definiciones estructurales de una política exterior, en este caso creemos que debe ser comprendido como una opción menos planificada. En efecto, la fecha de la conmemoración (27 de enero) hace difícil pensar que hubiese podido existir otra opción, pero lo importante en este caso es destacar los elementos que le llevaron al gobierno a aceptar la invitación, y entonces la gira adquiere otra dimensión.

            A nivel internacional, Israel es el aliado estratégico de Estados Unidos en Medio Oriente desde hace más de medio siglo, y tiene un rol protagónico en el establishment financiero mundial; Estados Unidos, se sabe, es el principal accionista del FMI, y obviamente se dio cita representado por su vicepresidente; todas las potencias europeas, claves en la designación de la dirección del FMI y accionistas de peso relativo también acudieron. De modo que lo que inició siendo una imposición del almanaque en la agenda, significó un bautismo diplomático muy significativo, en razón simplemente del impacto simbólico de su presencia entre las grandes potencias mundiales, de cara a los desafíos planteados por la re-negociación de la deuda. Por otra parte, en el frente interno implicó el cierre de posibles focos de conflicto con una porción de gran peso específico de la comunidad judía, con cierto malestar entonces, por los rumores de derogación del DNU de Mauricio Macri que declara terrorista a la organización Hezbollah.

            Luego de estos movimientos, fue contundente el respaldo de la comitiva del FMI que auditó a mediados de febrero, cuyas conclusiones no solo coincidieron con la declaración de insustentabilidad que había pronunciado el gobierno argentino, sino que se pronunciaron en un apoyo de las medidas adoptadas por el mismo. Lo importante del caso fue que, de esta manera, el FMI abría las puertas de una negociación por un nuevo acuerdo, al tiempo que colaboraba en fortalecer la posición argentina frente a los bonistas, al punto de declarar que se volvía imprescindible “una contribución apreciable de los acreedores privados”. Si bien el acuerdo aún no se ha celebrado, y el gobierno se encuentra ahora en espera de la respuesta de los bonistas privados a la oferta que se hizo pública hace unos días, cabe ya reconocer que la estrategia en Política Exterior fue acertada, máxime teniendo en cuenta que el FMI declaro que la suerte de su acuerdo no está ligada a la respuesta de los tenedores. La dispersión de estos últimos vuelve muy compleja una estrategia particular que los agrupe, por lo cual en este sentido también resultó apropiada la apuesta por conseguir respaldo “oficial” en la entidad crediticia y en algunos de sus principales socios.

            Pandemia mundial y relanzamiento regional

            La situación derivada de la pandemia de coronavirus generó una coyuntura insospechada para todos los países del mundo. Y está claro a esta altura que la capacidad y entidad de respuestas de los mismos, han marcado una nueva geografía global y han celebrado un nuevo capítulo de la batalla cultural entre las perspectivas de relación entre el Estado y el Mercado. En relación a esto, si bien es desacertado esgrimir que exista una definición de Política Exterior de cara a la pandemia, lo cierto es que el fenómeno incide y determina en algunos aspectos el accionar argentino en la arena internacional.

            En este sentido, basta con hacer referencia a la teleconferencia del G20 celebrada a mediados de abril, en la que Alberto Fernández se expresó en sintonía directa con el desempeño de su política interna, planteando la necesidad de crear un Fondo Mundial de Emergencia Humanitaria, vaticinando incluso que el tiempo de los codiciosos había terminado. Y este quizás sea el dato que mejor ejemplifica la capacidad de entendimiento del juego diplomático por parte del gobierno, porque así como los momentos de “normalidad” suelen mostrar altas dosis de hipocresía en la política internacional, los momentos de crisis y urgencias sacan a luz los asuntos que realmente ameritan solución, así como los modos más evidentes y eficientes para resolverlos.

            A tal punto interpreta el gobierno las cosas de este modo, que la misma conferencia fue utilizada para expresar un posicionamiento muy contundente respecto de la situación de bloqueo de Cuba y Venezuela. En condiciones normales de análisis geo-políticos y derivaciones hemisféricas, resulta impensado que un gobierno novato de una nación dependiente y absolutamente debilitada, se manifestara por revisar la situación claramente excluyente que sufren ambos países. Este último aspecto, creemos, está en el orden de los caracteres esenciales que la Política Exterior Argentina puede ir adquiriendo de cara al futuro, y es un eslabón en una línea de continuidad que se inicia en aquella reunión con López Obrador en México antes de la asunción, y tiene manifestaciones muy claras en el recorrido, como fueron las disposiciones de resguardo para Evo Morales o las tensiones registradas con el presidente brasileño Jair Bolsonaro.

            Es respecto de la situación venezolana, donde el gobierno muestra al mismo tiempo una manifestación de la esencia de sus objetivos estratégicos, y una gran capacidad de maniobra en un escenario particularmente complejo. En primer lugar, la presión de Estados Unidos es permanente para una declaración condenatoria del gobierno de Maduro, así como para apoyar todas las acciones que apunten a su derrocamiento. Ante esta situación, Fernández se aferra sistemáticamente a principios tradicionales de nuestra política exterior, como la no intervención en los asuntos internos de otros Estados. En segundo lugar, la nefasta actuación de la OEA en el caso boliviano demuestra que no puede siquiera declamar ese principio, y el gobierno argentino la señala como responsable de generar y profundizar los problemas, por lo que sostiene que sean los propios venezolanos quienes los resuelvan. Por último, consciente que la división regional en términos ideológicos es insalvable en el corto plazo, y que por ende los espacios de concertación tradicionales como la CELAC y UNASUR han quedado vaciados de contenido y operatividad, Fernández apela al espacio original en el que se inició esa modalidad de concertación: el grupo de Contadora.

            Contadora fue un grupo de concertación integrado por Colombia, Venezuela, México y Panamá en 1983, que resultó una experiencia novedosa para resolver el conflicto centroamericano sin la injerencia norteamericana. Al mismo se sumó el Grupo de apoyo a Contadora, o Grupo de Lima, en los primeros pasos de lo que sería el Grupo de Río y que desde 2010 conocemos como la CELAC. La apuesta argentina por revivir este esquema fue manifestada por Fernández a Josep Borrell (Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea), y si bien no constituye una garantía de resolución, puede ayudar para lograr algunos avances significativos y proyectar una perspectiva regional de mayor autonomía estratégica.

            De todas maneras, lo que a nosotros nos interesa destacar en esta oportunidad, es que ese modo de intervención del gobierno argentino, limitado aun en el contexto de la pandemia, no es ya una respuesta ad hoc a imposiciones de las circunstancias. Hay en él, algunas muestras de aspiraciones de mediano plazo que están claramente direccionadas a recuperar un rol protagónico en la región, a apoyarse en una alianza más fuerte con el gigante azteca, a generar un marco de acuerdos que limite la incidencia norteamericana a sus socios estratégicos históricos, y a aplazar la inevitable cita con aquellos países que, ligados cultural e históricamente a un destino común, hoy se hallan en las antípodas desde el punto de vista político, económico e ideológico. Más allá de la incertidumbre en el escenario pos pandemia, estas parecen ser algunas de las vértebras que intentaran encolumnar la Política Exterior Argentina de los próximos años. Cuando se evidencien las posiciones de las grandes potencias del globo luego del coronavirus, esa agenda deberá ampliarse irremediablemente para esgrimir un repertorio acorde a esa situación.